La restructuración del sector financiero español ha sido un sainete, una escena al más puro estilo de los Hermanos Quintero en el que el Banco de España aconsejaba a unas entidades “quedarse con otras” o fusionarse con otras para intentar reorganizar la clase. Las peores alumnas han sido las Cajas de Ahorro españolas que después de llevar en pie siglos, han puesto de manifiesto que una mala gestión arrasa con lo que sea, historia incluida.

Quienes propugnan que el Estado no debe de intervenir en la economía, llaman a papá Estado cuando las cosas van mal. Hay que socializar pérdidas, tanto que el esperpento toma forma y va por capítulos. Cajasol es a día de hoy la imagen deportiva de algunos equipos de baloncesto. Se asocia su logo al deporte y a una fundación, pero no hay que olvidar que hace no tanto era una de las cajas de ahorro más importantes de Andalucía.

Por arte de birle y birloque, todavía no se ha explicado al ciudadano quién es el responsable de la mala gestión de estas entidades, Cajasol ya no puede caminar sola y tiene que unirse a otras cajas de ahorro. Es el Walking Dead zombi de las entidades financieras. Cadáveres vivientes llenos de agujeros por los que se escapa el dinero que se unen para no se sabe muy bien qué, desde luego para sumar deuda más deuda.

El resultado fue un híbrido llamado Banca Cívica, que llegó a cotizar en bolsa y que desapareció cuando Caixabank apostó (o le invitaron a apostar) por la fusión con la entidad. Hablamos de marzo de 2012, cuando Cajasol, antes diluida en Banca Cívica (con Caja Navarra, Caja de Burgos y CajaCanarias), recupera su identidad, solo a nivel marca para volver a sus orígenes primigenios, esos que se han perdido por el camino: volverá hacer obra social. De hecho Cajasol se ha desvinculado ya completamente de sus anteriores tareas bancarias y, desde que se fusionó con la catalana, mira hacia otro lado. Se ha convertido en una Fundación que gestiona y realiza obra social, pero nada más. También continúa vinculada al mundo deportivo, sobre todo al baloncesto.

Entre bambalinas, la entidad catalana está haciendo un ejercicio de digerir poco a poco todo lo que se encontró al levantar el telón: mucho crédito al ladrillo de dudoso cobro, casi 21.000 millones de euros en 2012 y algunas joyas como Isla Mágica, un regalo envenenado del que Caixabank ya se ha deshecho. Y no ha sido el único, la entidad catalana ha visto cómo el Gobierno regional andaluz le multa por la colocación de unas preferentes que no acometió ella sino Cajasol, cuando por cierto, estaba bajo el control del Gobierno andaluz. De momento el entuerto está servido y los afectados a la espera de ver qué pasa con los más de 600 millones de euros en preferentes que colocó entonces la Caja de Ahorros.

Lo de pedir responsabilidades a quienes estaban en el último eslabón del control de las Cajas parece que ni se plantea. Claro, en los consejos de administración había representantes de todos los partidos políticos y eso huele a podrido porque en ese momento ninguno alzó la voz para ver qué estaba sucediendo. Lo de ser representantes de la soberanía popular les queda mayoritariamente grande.

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